jueves, 27 de septiembre de 2012

Maestras que ayudan cuando los padres se separan

https://dl.dropbox.com/u/65619523/PSICOLOGIA/Rol%20Educadoras.htm

2 comentarios:

  1. Comentario PARTE 1:
    Me pareció de particular interés este artículo que nos comparte la Prof. Rosón de Tania Donoso Niemeyer.
    Lógicamente esto se debe a que trabajo en una escuela que tiene un jardín de infantes muy populoso y mi mamá trabajó durante 30 años en otro jardín de la misma zona. Me estoy refiriendo a González Catán (La Matanza), un lugar lleno de carencias, con necesidades básicas desatendidas, que a veces parece olvidado del mundo o usado como denostación o discriminación (basta al respecto la reciente alusión de nuestra primera mandataria en la Universidad de Harvard, que cuando consideró que una actitud era insolente e impropia, por no decir “barrabravesca”, enseguida la asimiló al Partido de La Matanza).

    En fin, la autora hace una muy buena descripción de una dolorosa realidad que me ha tocado ver y vivir. Pequeños que quedan a la deriva, con la mirada extraviada, viendo cómo pasa el tiempo y como las maestras y preceptoras van y vienen tratando de comunicarse con algún familiar para que ver que paso que el reloj da cuenta de más de las 18.00 y el menor debería haber sido retirado hace una hora como mínimo.

    Las reacciones que he podido observar van del total anonadamiento con mirada clavada en el piso y bronca, hasta reacciones a las patadas con lo primero que se les cruza, con miradas fulminantes y palabras de rabia. Así fue que la semana pasada uno de ellos gritó a viva voz a las maestras que intentaban infructuosamente comunicarse con los padres: “¡listo! Ya no llamen mas a nadie; ¡¡SOY HUÉRFANO!!”

    Detrás de ese estadillo de bronca, de ese grito con dientes apretados y lágrimas que están a punto de saltar de los ojos, está esa familia destrozada. Las causas son múltiples y no atañen al artículo de Tania ni a mi comentario; sí podemos ver el efecto y preguntarnos qué podemos hacer, puesto que está bien claro que es un efecto muy dañino para el menor.

    Concuerdo plenamente con el nivel de estrés que experimentan estos chicos, la creciente ansiedad, miedo pánico a ser abandonados o no amados más (por nadie) y la constante premisa de creer que ellos tienen la culpa de lo que está pasando en su casa. Esto se manifiesta en palabras, en golpes propinados a otros o a cosas, rabietas, regresiones en el comportamiento, llantos repentinos, tristeza o expresiones desmedidas de afecto (por ejemplo es muy común que salgan al encuentro de uno corriendo, gritando nuestro nombre para fundirse en un abrazo cuando nos alcanzan).

    Tengo la certeza de que los casos de padres que se separan, y sobre antes de los 10 años de edad de los chicos, es creciente. No estoy mirando estadísticas del INDEC, estoy viendo el devenir de la realidad. Con mucha contrición puedo decir que he visto esta realidad en muchos ojos. Las situaciones en que viven las familias de estos menores pueden llegar a ser tremendamente irregulares, al punto que una separación madre-padre y que la custodia quede para la madre y que el padre lo visite y pase la manutención; es casi una situación tan rara como la de una pareja firme que esté detrás del menor, acompañándolo en su crecimiento.

    Por ello la complejidad del tema tiende, desde mi punto de vista, a cobrar una dimensión exponencial; acortándose la abscisa para el tiempo y alargándose el eje de las ordenadas para el dolor y la confusión.

    Entiendo que el punto final de este proceso es cuando se puede perdonar a los padres, como bien señala Tania; sin embargo, en el estadio al cual estamos haciendo referencia, ese es un objetivo inalcanzable. De hecho, muchas personas adultas no pueden ni podrán perdonar a sus progenitores.

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  2. Comentario PARTE 2:
    ¿Qué puede hacer una educadora del nivel preescolar ante esto? Primeramente quisiera decir que no creo que la educadora sea únicamente la maestra que tiene a cargo el menor; es decir, considero que todos los adultos con los que el menor interactúa en el Jardín tienen, en mayor o menor medida, una terrible y gravosa responsabilidad con los chicos (pero no por ello deja de ser bella).

    Aquí el testimonio, las formas, el vestir, el lenguaje, la gestualidad… todo es importante… ¡en todos! No sólo (aunque si especialmente) en la maestra.

    Coincido con Tania: los educadores no pueden resolver los problemas emocionales del niño. Esa también me parece una tendencia creciente: que la escuela imparta conocimientos, pero que también eduque e inculque valores (así, si después todo no sale bien ya sabemos a quién inculpar). Sin embargo, los educadores que están en relación con el menor pueden hacer muchas cosas. Por empezar, no es raro que sea la propia maestra la que note un cambio de comportamiento en el chico y, por su vocación, empiece a indagar; siempre mediando la prudencia y el amor.

    El Jardín puede llegar a constituir el único ambiente en donde el chico este cómodo, puesto que allí los adultos no pelean, no se tiran cosas (no al menos delante de los chicos) y es, en cierta forma, predecible. Eso le da una ventaja a los educadores de manera tal de poder empezar a lidiar con la conflictividad familiar del menor. Siempre, insisto, en la discreción.

    Dice Tania que el Jardín también se vuelve un ámbito donde los niños con padres en proceso de separación pueden expresar la rabia que sienten en sus hogares; agregaría que también a menudo es un ámbito donde los padres se reencuentran para revivir el ardor de sus peleas, especialmente cuando se los convoca a una reunión para charlar sobre estos temas.

    Si la educadora no está al tanto de la situación familiar del niño, poco podrá hacer; sobre todo si cuenta con grupos numerosos y el establecimiento no tiene un equipo de trabajo psicológico. Por supuesto que considero improcedente y poco prudente, dedicar toda la atención al niño en cuestión una vez que se sabe de la interna familiar. El menor de seguro valora la privacidad, como cualquiera de nosotros. Sin embargo, alertados los educadores del contexto, más fácilmente pueden encontrar signos que pueden alertar sobre situaciones peligrosas.

    Básicamente, los educadores pueden ofrecer algo que tuve (y tengo la gracia) de observar: ofrecer seguridad y amor, soportar la frustración y el malestar del menor, dialogar con el niño y con la familia, soportar con paciencia y sin desesperación. Reaccionar con entereza y coraje ante las situaciones a las que es expuesto el menor. Contenerlo.

    “Al menos el niño recibirá una respuesta verdadera por parte de un adulto al que ha acudido y esa persona no le cambio de conversación…
    El niño ha podido manifestar a alguien su tristeza; luego, esta menos solo”
    Françoise Dolto (Cuando los padres se separan, Paidós, pág. 114)

    Obviamente, todo esto, si lo fundamentamos en el salario que percibe un educador (¡que recibe en sus manos a los niños!) estaremos en un serio problema; puesto que la miseria que perciben puede hacer que haya educadores que se desentiendan de estos problemas, aduciendo que no están lo suficientemente bien remunerados como para encima hacer frente a estas complejísimas situaciones.
    Tendrían razón.
    Pero yo, nuevamente por gracia, no conozco a ninguno que piense y obre así.

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